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De cara al desarrollo

 

El principal reto que enfrenta hoy la sociedad venezolana es la superación de la pobreza, principal limitante que nos impide encaminarnos hacia el desarrollo. Para el año 2017, según registros de ENCOVI (Encuesta Nacional de  condiciones de Vida de la Población Venezolana), el 87% de la población venezolana se encontraba en situación de pobreza, datos que el día de hoy se mantienen o, probablemente, se han incrementado. Cuando vemos estas cifras, es fácil llegar a la conclusión de que mientras tantas personas se hallen sumidas en la pobreza, cualquier intento del Estado -o de la sociedad en general- para superar la crisis o impulsar la economía, estará condenado al fracaso.

 

Para que un individuo se sienta con capacidades para progresar, es requisito indispensable que sus necesidades más básicas como alimentación, techo y vestido, se encuentren cubiertas. De más está decir, que buena parte de los venezolanos no cuentan siquiera con las condiciones de vida más elementales, limitando esto de forma implacable su ejercicio como ciudadano, sus aspiraciones como individuo y su convencimiento de que puede prosperar. Teniendo en cuenta este panorama, ¿cómo elevar la calidad de vida de los venezolanos y convertirlos en agentes de su propia vida?

 

La libertad radica en contar con las capacidades y las oportunidades para realizar un plan de vida y seguir los pasos que nos conduzcan como persona a vivir la vida que valoramos. Sumido en la pobreza, un individuo difícilmente logrará  vislumbrar como realizables sus metas, lo cual le producirá angustia, apatía y resentimiento hacia la sociedad. Es este el caldo de cultivo de las grandes crisis que hemos enfrentado, no solo en nuestro país, sino en muchas naciones del  mundo, porque permite la implementación de regímenes autoritarios y populistas que, a cambio de lealtades políticas,ofrecen dádivas que no son más que falacias y soluciones efímeras que lo que logran es calar en el imaginario colectivo y limitar su radio de acción, ya que dependen de forma directa de un Estado paternalista.

 

Venezuela no se escapa de esa realidad. Durante más de cuarenta años ésta ha sido la línea discursiva y aplicada que ha sostenido en el poder a gobiernos demagogos, que en lugar de implementar acciones quizá poco populares, se han afianzado en mantenerse en el poder a base de engaños, ayudas, donaciones y creando dependencia, convirtiendo a los ciudadanos en sujetos minusválidos, limitados por un Estado que te exige bajar la cabeza ante las atrocidades y obliga a gritar una consigna solo para darle de comer a tus hijos.

 

La cuestión no es apelar a la moral de los venezolanos. Con un 87% de pobreza y con tendencia creciente, es sencillo comprender cómo ha sido tan fácil, para el gobierno de turno, perpetuar el declive institucional y mantener sumisos a los ciudadanos, debido a que en lugar de darle las herramientas para progresar y salir de su situación de pobreza, se ha usado y estimulado para apalancarse y atornillarse en el poder.

 

Para superar el clientelismo que ahonda cada día más la condición de pobreza, la educación juega el rol fundamental. Ante el desempleo, la proliferación del trabajo informal, la escasez de oportunidades, utilizar los recursos de la renta petrolera para generar capacidades en los ciudadanos se presenta como la respuesta para desatarlos de las cadenas que los oprimen y permitirles insertarse de forma eficaz en el mercado laboral, brindándoles el acceso a un empleo estable en el cual puedan desarrollarse e incrementar sus expectativas de vida.

 

La generación de capacidades sirve tanto para darles herramientas a los individuos para el trabajo, como también para sentar las bases de la nueva economía venezolana, ya cansada de depender y afianzarse únicamente en la renta petrolera. La clave para diversificar nuestra producción e insertarnos en la economía global, radica en potenciar los talentos humanos de acuerdo a las necesidades que presentamos y a las exigencias de un mundo que se mueve basado en la tecnología.


De cara al desarrollo, debemos apuntar a dejar de ser un país monoproductor y comenzar a potenciar otras áreas que se han dejado abandonadas. La inversión en la innovación es fundamental, no solo a nivel macro sino también en lo micro. Impulsar la creación de nuevos emprendimientos por parte de los ciudadanos a partir de las capacidades que vayan generando, es el camino propicio para elevar su independencia y hacerlos agentes de su propia vida, al mismo tiempo que el Estado disminuye el gasto social e invierte en el mejoramiento de otros rubros como el turismo, la industria manufacturera, la tecnología e inclusive el sector petroquímico, para incrementar su producción.

 

Se debe garantizar el acceso, en condiciones de igualdad, a una educación de calidad y a programas de formación técnica para todos los ciudadanos. La educación se vislumbra como una solución real no solo al problema de la pobreza, sino también al estancamiento económico, variables que nos han mantenido al margen de la cuarta revolución industrial que está sucediendo en el mundo. En la medida que seamos capaces de encauzarnos como nación hacia la senda del desarrollo, las barreras que hoy nos parecen infranqueables perderán vigor y nuestros sueños de una mejor Venezuela se verán cristalizados en la realidad.

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